¡Este mundo se acaba, abraza al nuevo mundo!

Vio esa pintada en la pared y le hizo gracia. ¡Este mundo se acaba! ¿Cuál es el mundo que termina?

Igual se acaba el mundo que conoció de pequeño. Hace unos cuantos años. Años con apenas coches por las calles. Con una educación machista y severa. Con vida en la calle.

Un mundo donde las mujeres trabajaban sin recompensa. Los hombres trataban de ganar dinero. Los niños jugaban con conciencia. Sabían que la vida era muy dura. Conocían la escasez y la necesidad de compartir. Recibían golpes, reales y figurados, que los llevaban por el camino correcto.

En ese mundo había miedo. Las personas no hablaban de todo. Lo que pasaba en casa, en casa se quedaba. Al gobierno ni mentarlo. Tenían cuidado con usar en la calle alguna expresión en la lengua de tu madre no les vayan a señalar.

Pero ese mundo fue cambiando. Cuando creció las ideas mudaron y la sociedad se transformó.

Los hombres dejaron de ser los únicos en llevar dinero a casa. Y las mujeres se pusieron los pantalones. Seguía habiendo una primacía del género masculino. Pero la educación de los niños y niñas se parecía ya mucho. Iban juntos a la escuela. Empezaron a jugar en parques. Ya pudieron tener juguetes para ellos solos. Compartir era una opción, no una obligación.

Lo que antes estaba bien visto dejó de estarlo. Se criticaban comportamientos de ámbito familiar. Y, sí, el gobierno era un tema de conversación recurrente. Había nostálgicos de un pasado peor. También soñadores de un futuro inexistente.

Todo parecía ir sobre ruedas. Pero rodó demasiado. Quizá se les fue de las manos. El mundo era diferente. No sabe si abrazaron ese mundo o el mundo les abrazó a ellos.

La mayoría tenían las necesidades básicas cubiertas y comenzaron a querer algo más. Llegaron muchos centros comerciales y estímulos para comprar. Y ahí cambió de nuevo. Los nuevos no conocieron el mundo pasado. Los que estaban a mitad del camino lo olvidaron. Los mayores lo recordaban como un sueño.

El nuevo mundo, el actual, el que está viviendo, es un lugar de contrastes. Hay muy ricos y muy pobres. Hay extremistas de las ideas. También de las no ideas. Todo parece ser blanco o negro. Dual, hay dos opciones. O conmigo o contra mí. Solo de pensarlo le daba escalofríos.

Él observa que muchos niños no se plantean compartir. Les han enseñado a poseer. Cuanto más, mejor. Aunque no lo usen. Parece que les enseñan el yo mucho antes que el nosotros, y eso que el nosotros es vital para exista el yo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Piensa mientras sigue caminando. Él es una persona racional. Suele analizar bastante todo, aunque, muchas veces, no encuentra las respuestas que busca.

Para él, el nuevo mundo debe ser compartido. No solo entre las personas, también con el resto de habitantes del planeta.

Primero hay que enseñar a compartir. Hay que recuperar el sentimiento de comunidad, si alguna vez existió. Crear uno nuevo también puede valer.

Después hay que valorar lo que se tiene. Lo que tenemos todos. Mares, montañas, flores, árboles y miles de animales que comparten el planeta con nosotros. Sí, piensa que eso debe ser así.

Para darle valor hay que vivirlo. Hoy en día hay dos opciones. O yendo o mediante videojuegos. Una mezcla de ambas quizá sea ideal. Se le sigue ocurriendo mientras abre la puerta de casa.

El último pensamiento antes de dar los buenas tardes a su perro es, “Sí, tendremos que abrazar el nuevo mundo, pero con un abrazo grupal”.

Nos leemos en la próxima.

Isaac.

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