Está nublado. Parece que va a llover. ¡Vaya día más malo! Desde hace mucho tiempo no te gusta la lluvia.

Cuando llueve corres enseguida a esconderte. ¡No te vayas a mojar! Puedes acabar resfriado. Y tendrás que cambiar toda tu ropa.

Como aquella vez en las fiestas de una ciudad cercana. Saliste de tu hotel. Solo tenías que llegar al coche que estaba en la acera de en frente. Pero llovía. Llovía mucho. Te mojaste tanto que no te quedó ni una prenda seca, ni la ropa interior. ¡Qué fastidio!

O aquel festival en una ciudad costera. Tras un concierto de un músico que te gustaba mucho comenzó a caer agua a cántaros. Y el resto de recitales se suspendieron. ¡Qué le vamos a hacer! Pudiste irte al baño a descansar. O a la tienda a dormir. Siempre resguardado bajo techo. Tú salud es lo primero.

Pero, ¿qué salud? ¿La de tu cuerpo o la de tu mente? Normalmente están relacionadas. Tu miedo te ayuda a protegerte. Quizá de amenazas ficticias. Puede que solo esten en tu imaginación.

¿Has visto la película que se llama “Cantando bajo la lluvia”? Allí Gene Kelly lo pasaba de miedo bajo el aguacero. Era todo amor. Todo alegría.

¿No has vivido tú algo parecido?

Quizá cuando eras niño. Aquella comida familiar al final de verano. Al aire libre, hacía bueno y eso mola. Pero comenzó a llover. Y ahí que empezasteis a salir a la tormenta, uno tras otro. A bailar y a reír bajo la lluvia. Fue divertido. Una gozada para recordar.

O vamos un poco más cerca. Aquel mismo festival. Duraba más de un día. El segundo día comenzó a descargar agua el cielo antes de empezar los conciertos. Lo tomaste bien. Tus amigos también. Buscaste el sitio adecuado para charlar y disfrutar de la compañía. Entre duchas y rodeados de más personas como tú. No era lo que buscabas, pero te encontraste un tesoro.

Más especial fue aquel viaje a un país lejano. Un país donde no es fácil encontrar bienes materiales pero las bondades humanas están garantizadas. Llegaste, tú y tu grupo, a un lugar playero, al sur del país. Una playa enorme y virgen. Un lugar paradisíaco para descubrir y disfrutar. Allí solo había un chiringuito. Pero a ti te daba muy buen rollo. Con sus trabajadores con rastas, capaces de venderte una cerveza o jugar al fútbol contigo.

Así que era el lugar adecuado para celebrar la fiesta de cumpleaños de tu amiga. Con dicho potencial humano todo tenía que salir bien. Y llegó la noche. Y bajaste a la playa. La primera sorpresa te esperaba en ese bonito lugar de arena blanca. Esa gente del bien llevó sus instrumentos y comenzó a tocar para ti. Para vosotros. Para felicitar a tu amiga.

Pero no era un concierto, ni una timbalada, era una llamada a la naturaleza. Y la naturaleza respondió. Se propuso cambiar esa velada traqnuila a una fiesta más animada y divertida. Y abrió la presa dejando caer el agua.

El agua cayó y todo se transformó. Comenzaste a bailar. Comenzaste a reír y a sonreír. Comenzaste a disfrutar de tu compañía. Fue mágico. En ese confín del mundo viviste una experiencia impredecible y única. Bailaste sin parar. Bailaste bajo la lluvia y te gustó.

Y te propusiste repetirlo. Y lo hiciste. Aquella boda playera donde surgió el término celebración total. Ese carnaval del amor debajo de una jaima. Aquel día de montaña pasado por agua entre cerezos.

Perdiste el miedo y pasaste de ser de los que se esconden en una tormenta a los que bailan bajo la lluvia.

Esto podría ser una metáfora de tu vida. Puede ser. Quizá para ti lo sea. Para mi lo es. Para otros quien sabe. ¡Somos todos tan diferentes! Yo solo sé que te quiero ver bailar bajo la lluvia.

Nos leemos en la próxima.

Isaac.

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