¿Estás contento haciendo lo que haces? Le preguntó Juana a Víctor aquella mañana. Fue una pregunta extraña, pues, realmente era algo que Víctor se preguntaba constantemente.
Juana es una clienta del banco que desde que comenzó a trabajar tiene sus cuentas en la misma sucursal.
Ha conocido a muchos empleados, directores y logotipos desde que comenzó a utilizar los servicios bancarios que le ofrece esta empresa. Durante todo ese tiempo le han ofrecido multitud de productos, cuentas, seguros, etc. cada uno de ellos con un gancho diferente. Juana, que es muy reflexiva, algunos los ha aceptado, otros no, pero siempre sabe muy bien lo que está haciendo.
Últimamente siempre le atiende Víctor. Víctor lleva siete años trabajando en el banco. Ha pasado por diferentes puestos y sucursales y está bien considerado por sus superiores.
Últimamente se pasa el día intentando colocar todo tipo de productos a sus clientes. Se pasa el día teléfono en mano o, si el cliente está en la sucursal, ofreciéndole producto.
Eso sí, desde hace un tiempo, la alegría no se refleja en su cara. Va a trabajar con desgana y, por inercia, hace todo lo que tiene que hacer, pero sin entusiasmo. Eso lo notan algunos clientes, como Juana, pero, normalmente, nadie se lo dice.
Víctor está cansado de ofrecer productos en los que ya no cree. Hace un tiempo que los directivos de la empresa se han convertido en meras máquinas de hacer números. Han olvidado que tanto los empleados como los clientes son personas y que necesitan mucho más que números para estar contentos.
Se le parte el alma cuando le proponen que venda productos claramente peores que los anteriores. Tener que ofrecerlos a sus clientes habituales le da incluso vergüenza.
Juana lo detectó hace ya algunos días y le da lástima. Ella pasó por algo parecido hace años.
Trabajaba para una empresa constructora que, un día, decidió que pagar a los proveedores no era importante y comenzó a retrasar pagos.
Era absurdo, pues entraba dinero de manera constante, la empresa era solvente, pero los dueños menospreciaban a los demás.
Así estuvo varios años, pasándolo mal cuando iban a reclamarle el dinero. Un dinero del que ella no podía disponer, pero del que tenía que responder pues era la imagen de la empresa.
Un día, los dueños, decidieron que los empleados tampoco eran importantes y comenzaron a retrasar el pago de las nóminas. Ese día Juana entró en razón y pensó que no le merecía la pena estar a disgusto en un sitio donde no se sentía valorada.
Así que, cogió sus cosas y se despidió. Ese día comenzó un mundo nuevo y, antes de buscar un trabajo, decidió tener unos días para pensar. Empezó a pensar en sí misma y en lo que le gustaría hacer.
Supo, desde el primer momento lo que no quería, ni construcción ni autoempleo. Había oído por ahí que para ser feliz debes ser emprendedor. Pero ella no se lo creyó.
Poco después comenzó a buscar trabajo, sin condiciones ni líneas rojas, solo en los temas que le gustaban. Así encontró un empleo, dónde ganaba menos dinero que en el anterior, pero en el que el contacto con la gente le satisfacía mucho. Y allí se quedó.
Acertó de pleno y aprendió que estar contenta en su trabajo era algo fundamental para una buena calidad de vida. Por eso, cuando cada vez que iba al banco veía a Víctor, se le caía el alma a los pies. Quería avisarle, mostrarle el camino, decirle que puede aspirar a ser y estar mejor. No sabía cómo hacerlo sin herir su amor propio, hasta que un día se le ocurrió.
Se le ocurrió algo simple y corto. Solo una pregunta, y que él solo se contestara. ¿Estás contento haciendo lo que haces? Dio en el blanco. Hizo que Víctor se lo preguntara. Consiguió que, pronto, Víctor sin que esté contento haciendo lo que hace.

Nos leemos en la próxima.

Isaac.

Estoy deseando leer tus comentarios y saber si estás contento haciendo lo que haces, en tu trabajo, en tu vida privada, en todo. Dejame los comentarios aquí abajo y comparte el artículo si te ha parecido interesante. Gracias.

También te gustará leer:

Summary
Review Date
Author Rating
51star1star1star1star1star