No, éste no había sido su mejor día. Sin duda, había vivido tiempos mejores.

Llevaba una temporada dando tumbos. Desde que perdió el trabajo en el supermercado había entrado en una espiral negativa. Al menos eso pensaba él.

Mientras estaba allí, odiaba su curro. Siempre pensaba que le estaban explotando. Igual era así. En este mundo en que vivimos suele pasar que unos explotan y otros son explotados.

No le gustaban los compañeros. Sobre todo las compañeras. Pensaba que le miraban por encima del hombro. ¡Cómo llevaban más tiempo que él en el puesto!

Con los jefes era peor. Siempre ordenando que hacer. No sabían liderar. Bueno, al menos eso pensaba él. Y, un día, zas, va y lo despiden. Y él no se imaginaba por qué.

Por eso, esta mañana, había decidido quedar con una compañera de trabajo, Laura. Era la única que lo trataba bien. Un gran mujer.

Laura hoy libraba. Un día libre. Bueno, siempre hay miles de cosa que hacer. Y, durante el trabajo estás atado de pies y manos. No puedes ni ir al médico.

Quedaron a tomar café. Bueno, a él realmente no le gustaba café. Mejor una cerveza. Ella sí que tomó café.

Cuando empezaron a hablar, se dio cuenta que se había equivocado. Laura tampoco lo miraba bien. En el trabajo parecía otra cosa.

Cuando empezó a preguntarle por el trabajo, ella se quedó muy sorprendida. ¿De verdad no lo sabes? Parecía que quería decir su mirada. Una mirada que le recorrió todo el cuerpo y le dio miedo.

Se mostró evasiva. No dijo nada malo de nadie de curro. Ni de nadie de fuera. Él mientras tanto, pidió su segunda cerveza.

En un momento dado su ex-compañera le preguntó:

– ¿Tú piensas que no tienes problemas? ¿No ves nada defectuoso en ti? Por lo que parece nada ha cambiado.

No entendió las preguntas. Ni las preguntas, ni el comentario. ¿A qué venía eso? Vaya impertinente. Defectuoso decía. ¿Pero qué se creía la idiota ésta?

Así que decidió buscar las monedas en su bolsillo, las pocas que le quedaban, e irse. Mientras se iba, fue contando el dinero que llevaba encima. No sabía en qué se le iba. Cada vez más rápido.

Decidió entrar en el bar de su ex-pareja. Como estaba cerca, le vendría bien. Así podría fiarle para tomar algo de beber.

Cuando entró estaba atendiendo a unos clientes. Él se preparó la mejor de sus sonrisas.

– Hola amor.

– Ni amor ni leches. ¿A qué has venido? ¿Qué quieres? -respondió ella con cara de muy pocas bromas.

– Tranquila mujer, solo venía a tomarte una copita.

– Prefiero que no, por favor, vete de aquí. Ya nos veremos en algún momento mejor.

Nuestro protagonista, con cara de muy pocos amigo, se fue jurando en hebreo. Vaya forma de tratar a quien ha compartido tanto contigo. ¡Si tienen hasta dos hijos juntos!

Las ganas de tomar un trago seguían estando. Realmente nunca se iban. Y eso que desde que se había despertado no había tomado nada sin alcohol. Así que decidió comprar una botella en la tienda de debajo de su casa.

Le apetecía algo fuerte. Compró una botella de Larios. Le costó comprarla. Al parecer el pakistaní aún no sabía hablar en cristiano. Y eso que lleva mucho aquí. Nunca le entiende a la primera. Siempre tiene que ir con señas.

Bueno, eso era como sus compañeros del supermercado. Nunca le entendían a la primera. Eso será que no querían entenderle. Le estaban haciendo moving. Sí, eso era.

Bueno, hoy no había sido un buen día. Pero en casa se tomaría algunos vasos de ginebra y mañana llegará otro día. ¿A ver cuánto dinero tiene para comprar otra botella mañana?

Nos leemos en la próxima.

Isaac.

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