Un día normal en la vida de una familia corriente. Han puesto nombre a su casa. La llaman Edén. Un nombre bonito, agradable, atrayente.

Esta familia la componen 4 miembros, la madre, Eva, el padre, Adán, y los hijos Caín y Abel. La madre estaba en cinta de un tercer hijo, no había decidido aún el nombre, quizá lo llame Set.

El padre trabajaba todo el día fuera de casa. La madre también y, además, llevaba la casa como podía. Adán era ciertamente machista e incapaz de mover un dedo para que su hogar fuera, eso, un hogar.

Los hijos no se llevaban del todo bien. El pequeño era un zalamero. Siempre conseguía poner buenas caras o decir la palabra adecuada para caer en gracia. Sus trastadas, que las hacía, siempre quedaban en segundo plano. A veces, incluso, se las comía su hermano.

Caín, en cambio, era muy nervioso. Y perfeccionista. Trataba de que todo saliera impoluto. Casi todo lo que hacía estaba bien. Las notas del instituto, los videojuegos que jugaba. Todo para él era un reto. Su carácter, en cambio, era difícil. No sabía expresar bien sus sentimientos y, muchas veces, se comía su rabia como si fuera comida de rancho. Un día explotaría.

Como todo el mundo, sus padres no los trataban de la misma manera. Mientras a Abel todo eran cariñitos, risas y perdones, con Abel eran exigencias, gritos y culpas.

Ayer, por ejemplo, estaba jugando a la consola Caín. No ocupa demasiado tiempo en ello, pero, de vez en cuando le gusta jugar. Juega online con un grupo de amigos y amigas virtuales. Hacen grupo y lo pasan bien. Pues, cuando llevaba media hora jugando y desarrollando la misión, llegó Abel y empezó a molestar. Quería que le ayudara con un tema. Insistía e insistía, pero Caín no le contestaba, estaba concentrado, solo le dijo que esperara un cuarto de hora. Pero el pequeño no quería y le desenchufó la máquina.

El cabreo de Caín fue enorme. Comenzó a gritarle. Le dio ganas de estrangularle y, en eso, llegó su padre. Como siempre, se puso de lado del hermano pequeño y obligó al mayor a ayudarle. También le obligó a tragarse su enfado. Podéis imaginar el tacto que tuvo y las lágrimas que caían por las mejillas de Caín.

Hoy, a la hora de la cena, Abel se ha escaqueado de poner la mesa. La ha tenido que poner toda Caín. Además, se le ha olvidado llevar el salero. Los gritos de reprimenda de su madre se han oído en el séptimo cielo. Que si es un inútil. Que si no se fija en las cosas.

Y su hermano, para más inri, no paraba de chincharle. Le decía que si tal que si cual. Y se carcajeaba. Sí, sí, para él era muy divertido.

Yo no sé qué va a pasar con esta familia, pero no pinta demasiado bien. Quizá le entre alguna depresión y se den cuenta del problema. Quizá el problema estalle y se haga llorar a mucha gente. No lo sé. Espero que todo se pueda encauzar.

Nos leemos en la próxima.

Isaac.

Puede que conozcas a esta familia, o algún lugar similar al Edén. Puedes compartir lo que ves y como se puede solucionar.

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