«Que día tan soleado y bonito, creo que voy a salir a dar un gran paseo por la naturaleza». Pienso mientras me acabo mi taza de leche con chocolate tras haber mojado unas magdalenas de almendra exquisitas que compré ayer en la panadería de al lado de mi trabajo.

Mientras me visto voy decidiendo la ruta que seguir. «Podría ir a las lagunas de Rabasa, pasando por Campoamor. Pero hoy hay mercado. Seguro que hay muchos coches y ruido y me fastidia un poco el camino.» Así que decido realizar otro paseo, ¿cuál podría ser?, no termino de decidirme. Tiene que ser algo cercano, pero donde me encuentre a gusto conmigo mismo y con lo que me rodee. «Ya sé», me digo de repente, «voy a ir hasta la Serra Grossa y subiré por alguna vertiente abrupta».

Y a eso que me pongo. Me calzo mis deportivas, las moradas, las que me regaló Jesús, cojo las llaves y una libreta, y allá que voy.

El camino de mi casa a mi destino no es demasiado bonito. El punto de partida y el final sí que lo son. Vivo a la ladera del Monte Tossal, el Castillo de San Fernando como es conocido desde siempre. Aquí se respira tranquilidad. Se escuchan los pájaros cantar, también los perros ladrar. Me merece la pena, mejor la alegría, subir cada día la cuesta para llegar a mi casa.

Me pongo a caminar por estas calles viejas y sucias que separan estas dos pequeñas montañas y voy observando su decrepitud. Mucho tiempo llevan estos barrios dejándose caer. Mucho tiempo en que las personas que los habitamos no los cuidamos lo suficiente. Veo baldosas rotas. Esquivo cagadas de perros. Huelo las basuras del barrio.

Mientras camino ya voy pensando qué se puede hacer en estas calles. «Si se pone una zona con parterres, los perros podrán hacer allí sus necesidades, y será mucho más fácil de limpiar. Las calles son muy estrechas, podremos limitar el tráfico, arreglando aceras y calzadas, y dejar algunas calles solo para residentes y bicicletas, de todas formas pasan muy pocos coches por allí. Sin duda hace falta un parking, hay muchos coches y poca plaza. Pero también hace falta algo de verde. Algunos árboles vendrían pero que muy bien».

Ya he llegado. Entre un pensamiento y otro se me ha hecho rapidísimo el camino. Ya estoy a los pies. A un lado tengo el mar, al otro la ciudad, y delante tengo el monte. ¿Cómo no lo voy a aprovechar?

Siempre que vengo aquí se me ocurren mil acciones. Algunas veces son de trabajo. Que si hacer una nueva campaña de marketing o hablar con uno u otro cliente. También se me ocurren productos nuevos. Pero muchas veces me da para cambiar el rumbo de mi empresa y dirigirlo a donde quiero yo que vaya.

En ocasiones pienso en retos. Que si hacer una maratón. Viajar en bicicleta en una ruta especial durante un tiempo largo. Juntar a gente que hace tiempo no veo…

Muchas veces reflexiono sobre mi vida personal, mis amigos, mi familia, mi futuro con ellos.

Y para qué ocultarlo, también pienso en el mundo en que vivimos. Pienso en la farsa que nos representan todos los días los políticos profesionales. Reflexiono en que hay muchos otros, políticos y políticas, que realmente trabajan para mejorar las condiciones de vida de muchas personas que lo necesitan. Medito sobre economía y orden social. No lo puedo evitar, pienso que se puede cambiar el mundo y que todos podemos participar.

Hoy estoy pensando sobre la naturaleza. Estoy observando los árboles de la cima, cómo sobreviven a pesar de la falta de agua y de estar sobre una montaña hueca. Veo a las gaviotas volando cerca del mar, esperando el momento adecuado para pescar su alimento. Me encuentro incluso con algún veloz conejo, que mueve sus patas tan rápido que ni se ven, como atraviesa delante de mí como asustado.

Por supuesto, como cada vez que vengo, veo los restos de obras antiguas. Deshechos rotos de azulejos, de ladrillos, o basura sin más. Compruebo lo dejada que está la sierra, la poca gente que viene, y la maravilla que tenemos olvidada en esta ciudad.

«¿Cómo hacer para que limpien y den valor a este espacio natural? No hace falta nada, solo una limpieza profunda y colocar algunas papeleras por los caminos». Me digo a mí mismo mientras paseo por la cresta de la sierra.

Me vuelvo a casa, y mientras camino, puedo dar fe que tengo el saco con más ideas que llevar a cabo. Voy a difundirlo. Voy a presentarlas al mundo. Voy a ayudarte a que las disfrutes también, y, el próximo día, igual vienes conmigo.

Nos leemos en la próxima.

Isaac.

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