«¡Qué ganas de llegar a casa y quitarme los zapatos», piensas tras un día entero en la calle. Corriendo de un sitio para otro. Rápido, que se va el tranvía. Deprisa, que no se vaya el funcionario. Corriendo, que te quedas sin pan.

Pero ya te queda poco. En unos minutos estarás en tu casa. Tranquilo. Relajado. Sin zapatos.

Bueno, al menos eso pensabas. Llevas varios días, como nervioso. No sabes lo que es. Puede que sea tu reto. Conforme llega la fecha de tu desafío, las cosquilla dentro de tu barriga son más intensas. El domingo harás tu primera maratón. Tienes tantas ganas que te provoca sensaciones extrañas.

¿Qué será? ¿Por qué estos nervios? Estás suficientemente preparado, al menos eso piensas tras un año entero de duro entrenamiento. Una preparación física y mental importante.

No recuerdas estar así desde hace mucho tiempo. Quizá desde que eras niño.

Los días antes de irte de vacaciones te ponías así. Tenías tantas ganas de irte que no sabías que hacer. Solo deseabas que el día de partida llegara. ¡Ibas a hacer tantas cosas! ¡A pasarlo tan bien!

Tus vacaciones eran en un apartamento en la playa. Ahí estabas todo el día con los amigos de verano. Jugando, corriendo, riendo, descubriendo. Era todo creatividad. Inventabais juegos a cada rato.

Ibas todos los años al mismo sitio. Creciste allí y tus sentimientos también. Recuerdas como te ponías los días antes de dar tu primer beso. Beso de amor. Amor juvenil. Las sensaciones eras parecidas ahora que lo piensas.

Pero durante el año también te sentías igual muchas veces. Por ejemplo, cuando llegaba la navidad. No podías parar de pensar lo bueno que habías sido. Incluso que, a lo mejor, podrías ver a los reyes magos en acción. Nunca los viste en directo. Solo te lo contaron. Pero antes de ver lo que te habían dejado, eras un flan. Un flan feliz.

Y que me dices de cuando ibas a jugar tus primeros partidos de fútbol en el equipo del colegio. Ahí también estabas inquieto. Querías que todo saliera bien. Te imaginabas miles de situaciones en los que ayudabas a tu equipo a ganar. Un paradón en un penalti. Un remate en el último minuto in extremis.

Muchas veces te pasaba. Cuando te compraste las primera videoconsola. El día que te sacaron por la tele. Cuando participabas en la redacción del periódico del cole. Los días de tu cumpleaños. En las fiestas de tu ciudad. El festival del cole… La lista era inmensa.

Pero, un día, eso acabó. ¿Cómo le llamaban a eso? Igual es ilusión. puede que hace tiempo que no te ilusionas.

Dicen que la ilusión es para los niños. Hay una frase que dice «estaba ilusionado como un niño». Y te lo has creído. Nos lo hemos creído.

Ahora, en tu casa, mientras piensas todo esto, te enfadas. ¿Por qué has dejado de ilusionarte? ¿Quien te ha convencido?

Acabas de darte cuenta que esta maratón te va a servir para mucho. Este gran reto personal te ha hecho pensar. Has redescubierto la ilusión. Has recordado lo que significa y te gusta mucho.

Ya nunca más vas a dejar que tus miedos oculten tu ilusión. Igual no son tus miedos. Puede que sean otros recelos. O el dejarse llevar por un halo de conservadurismo.

Sabes que de niño disfrutabas mucho más y, ahora, te has propuesto volver a hacerlo. Y para ello has recuperado un arma. Tu ilusión.

Nos leemos en la próxima.

Isaac.

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