Yo estaba aquí sentado, con una taza de café en la mano y revisando las tareas que debía de hacer de aquí a la semana que viene.

A veces pienso que me pongo demasiadas metas, que quiero abarcar mucho y lleno mi tiempo de actividades más o menos fáciles de ejecutar pero que siempre requieren de un tiempo para llevarlas a cabo. En ocasiones esto me genera ansiedad, incomodidad o incluso bloqueo y dejo de disfrutar lo que estoy haciendo.

En esta ocasión era un poco diferente. Estaba organizando bien mi agenda y tenía un plan para cumplir los objetivos adecuados en el tiempo previsto. Había trazado el plan de la A a la Z, de principio a fin. En esta programación sabía cuándo empezaría y cuando acabaría cada ocupación y, sobre todo, había puesto menos de las que pensaba que podía hacer.

Este es un problema que suele pasarme, que pienso que puedo hacer las tareas más rápido de lo que finalmente es posible. Esto me pasa tanto cuando tengo que colaborar con otras personas como cuando hago un trabajo yo solo.

Hace poco leí un texto que decía que para organizar bien tu tiempo tienes que reducir tus pretensiones de productividad a una cuarta parte. A esto aún no he llegado y en la ocasión que te estoy contando aún no había entrado esto en mi conciencia, así que tenía muchos quehaceres en mi mochila.

Lo primero que quería hacer con mi tiempo durante esa semana era disfrutarlo. Sí, estaba convencido que necesitaba usar las horas en actividades que llenaran mi alma con risas y aprendizajes. Quería algo para mí, para pasarlo bien y, si es posible, mejorar como persona y pensaba que estando haciendo algo con gente a la que aprecio sería lo más positivo.

Tenía todo planeado, de cabo a rabo, lunes por aquí, martes por allá, miércoles en el otro lado y jueves para recapacitar. Viernes, sábado y domingo traerían ante mis ojos nuevas y refrescantes opciones.

El domingo por la tarde volvería a sentarme donde estaba, con mi taza humeante, y analizaría mis objetivos.

Nadie me diría nada, sería una conversación interior. Analizaría como de bien había ido todo, que se podía mejorar y buscaría las palancas para mejorarlo.

Desde esa semana mi vida ya no es igual. Continúo planificando cada domingo, busco mi espacio, cuido a mis queridos, trabajo con entusiasmo y mis objetivos cada vez son menos ambiciosos y más relevantes.

Tengo miedo, y mucho, a no llegar a donde quiero, pero eso no me paraliza porque lo tengo claro. Sé que a todo no puedo llegar, y mucho menos solo. He aprendido a contar mejor con el tiempo que tengo, a valorar a mis compañías. No hay malas compañías solo gente que te puede ayudar a evolucionar por una senda o por otra.

Esto lo escribo hoy domingo, con una humeante taza de café.