Ayer te hiciste esta pregunta, ¿de verdad vale la pena?

Te la hiciste tras llegar a casa, cansado, fatigado tras un día muy activo. En tu labor diaria utilizamos mucho el cerebro, tienes la mente siempre en marcha. Y esta parte de tu cuerpo no descansa. No tiene un interruptor con el que la puedas apagar.

Por eso, cuando llegas a casa, tu cerebro sigue mandando mensajes de ayuda. Mensajes que te piden consejo para solucionar los asuntos pendientes. Siempre hay asuntos pendientes. Tú lo sabes, él también, y te prueba. Por eso, te preguntas, ¿de verdad vale la pena?

Tú quisieras hacer muchas actividades, ¡tienes tantas cosas por conocer y por aprender! Y lo intentas. Intentas llegar a todo, Ocupas tu tiempo diurno. También tu tiempo nocturno. Y llegas, a veces, a casi todo. Pero llegas agotado. Si fuerza para disfrutarlo. Otras veces, simplemente, desistes. No intentas llegar, pero el remordimiento pasa por tu cabeza. ¿De verdad vale la pena?

Como tu tiempo es finito, las actividades que puedes emprender son limitadas. Eso es así. Pura física. Tú, lo sabes, pero quieres más. Tienes un trabajo muy absorbente y una agenda muy ocupada. Tienes que aprender. Vas a aprender a gestionar tu tiempo. Has visto por internet. Hay miles de personas que te dicen cómo hacerlo. Vas a probar. ¿Valdrá la pena?

Tienes unos objetivos y los quieres cumplir. Te han hablado por ahí de ciertos métodos casi mágicos. Has leído algo al respecto. Te parece eso, magia. No te los terminas de creer. Pero vas a probar, ¿qué puedes perder? Puede que valgan la pena.

Poco a poco vas descubriendo que no hay un método mágico. Sigues igual que hace un mes aunque ya te planteas cambios. Por lo menos, eso sí, te has abierto una puerta en el cerebro. Sabes que tu vida depende de ti. La quieres aprovechar. Merecerá la pena disfrutarla.

Hoy estás con unos amigos. Uno no para de decir burradas. Unas veces racistas. Otras homófobas. Las más, machistas. Tú sabes que él ni las identifica, e intentas decírselo. Se siente agredido. Sabes que puede acabar en discusión. Él solo pretendía ser gracioso. Pero, por otro lado, mantiene una actitud denigrante hacia otras personas. Debe reconsiderarlo. Puedes entrar al trapo, pero antes de empezar, te preguntas si de verdad vale la pena.

En otras ocasiones lo has dejado pasar. En está no lo haces. Con calma, se lo dices. No lo culpas, le informas. Y, quizá por tu tranquilidad o vete tú a saber por qué, nadie salta de sus casillas. Valió la pena.

El otro día ibas con tu coche por la ciudad, buscando aparcamiento. Ibas con tiempo, pero puede que tarde muchísimo en aparcar. Es una zona con poco espacio. Llevas un rato dando vueltas. No encuentras nada. Solo ves un sitio. Un paso de cebra. Por ahí no pasan coches. Decides aparcar pues piensas que solo va a ser un rato. Mientras lo estás haciendo pasa un padre con un carrito de bebé y te preguntas ¿de verdad vale la pena?

Te sientas delante de tu ordenador. Una página en blanco delante de ti. Empiezas a escribir. Hoy no estás muy inspirado. Pero debes mantener la rutina. Y la pregunta empieza a tener respuesta. Sí, hoy sí, de verdad vale la pena.

Nos leemos en la próxima.

Isaac.

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