Has quedado con él para ir al cine. A la sesión de las ocho de la tarde. Ocho menos cinco, y no llega. Pasan diez minutos de la hora de inicio y sigue sin aparecer. No paras de llamarle y como si estuvieras lanzando señales de humo. Te has perdido la película. Pasa una hora y te llama. Te pregunta si la película ha empezado ya. Lo quieres matar. En fin, te contienes, no importa. Porque es un buen tío.

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